/ viernes 6 de enero de 2023

El deseo de un “feliz mundo nuevo”

¡Qué mejor deseo para todos nosotros!, Aunque fuera una ilusión; una ensoñación, que de realizarse abarcaría la felicidad del genero humano. Desearnos “Feliz año nuevo”, es casi obligado, pero agradable. Es un ideal. Pero es verdad, a la raza humana le urge un “mundo nuevo”, por que esta “casa común”, la estamos destruyendo y condenando a su desaparición.

El sueño común de todos, sería un planeta que, como hábitat, nos brindara felicidad. Nunca en la historia se ha trabajado en ese sentido. Las guerras y ambiciones de poder y de riqueza, han dominado el panorama de los siglos.

Solo en términos bíblicos se dibujó un paraíso terrenal, que fue malversado por la maldad de la serpiente. En nuestra época se dispone del confort que la tecnología brinda para quienes tienen los recursos. Pero poco se habla de felicidad. Los bienes materiales no la garantizan.

Aceptemos que los Romanos, con su herencia jurídica, y el sueño de la “pax romana”, entregaron a occidente, instituciones como la propiedad, el derecho de familia, el derecho civil, el internacional, la seguridad jurídica, que protegidas por la “fuerza física legitimada”, prohijaron garantías para el poder y la riqueza.

El estado moderno en parte, frenó las guerras “trogloditas”, en que los estados se devoraban unos a otros. Pero no impidió las dos guerras mundiales, ni las que ahora el imperio del norte provoca para los intereses de sus fabricantes de armas que necesitan desechar tecnologías obsoletas y renovar sus “inventarios”, sin importar la desgracia y sufrimiento de los pueblos.

Siempre habrá forma de echarle la culpa a los demás. Guerras que de paso aseguran la extracción de riquezas naturales para seguir engordando los capitales mundiales. Un buen aporte para la infelicidad mundial la dan nuestros vecinos del norte que desde siempre se han adueñando de lo ajeno y para ello se enmascaran como campeones de la libertad, el libre comercio y la democracia y con ese disfraz sojuzgan y aplastan.

Tomando por la fuerza el petróleo, los minerales, la riqueza agrícola y pesquera, y todo lo que represente ganancia y poder. Son ahora un imperio que en el vientre lleva la amenaza de su autodestrucción porque practican la desigualdad económica y social entre los suyos y eso los conducirá a la catástrofe. El capitalismo y su más depredadora expresión que es el neoliberalismo, están caminando a la desaparición. La interminable migración del sur hacia el norte, en el continente americano mueve a profunda reflexión. El pensamiento filosófico, tiene que imaginar y proponer nuevos sistemas, que conjuren los males mundiales en puerta. Otro jinete del apocalipsis de dimensión planetaria es “la clase política”. O sea, los “vividores profesionales de la política”.

Los “líderes políticos” ya no son la solución. Se pelean entre ellos, se matan, roban elecciones, se destituyen unos a otros, se apoderan de la riqueza social, despojan a sus pueblos, no miran por la justicia ni por la felicidad humana. La humanidad, ha producido engendros políticos como Hitler, hasta verdaderas ratas rurales como el que fue ridiculizado en la “ley de Herodes”.

Sinónimo de “político” en nuestro tiempo, lo es de la mentira, la demagogia, la traición, los negocios al amparo del poder y la ambición. Pero, además, el crecimiento poblacional aporta a la desgracia del planeta. Crece sin frenó, las farmacéuticas y quienes en el planeta acaparan alimentos y agua, los ven como inacabable filón de riqueza. No quedó claro si el virus de la pandemia fue de laboratorio o provino de la alterada y enojada naturaleza. Pero la venta de vacunas produjo infinitas e incontables riquezas y de forma permanente, el mercadeo de alimentos y agua, su modificación genética, la industrial producción de carne, las bebidas embotelladas, las comida enlatadas y de supermercado, son la amenaza para el exterminio. Además de ser productoras de cáncer, desnutrición y control social. La población mundial, se está poniendo de “pechito”.

Con su desmenuzado crecimiento que reclama educación, servicios de salud, trabajo vivienda y alimentación. Servicios que el estado de bienestar atendía, el neoliberalismo se los entregó a los negociantes privados. Que la población mundial reclame servicios, para ellos es mina de oro.

Han saqueado la medicina tradicional de los pueblos originarios convirtiéndola en negocio farmacéutico. Otro de los jinetes del apocalipsis, es el trafico a escala planetaria de estupefacientes, que mueven insospechadas fortunas y originan violencia y destrucción de la salud y de la paz social de millones. La lista es interminable.

Las causas de la infelicidad son muchas y muy variadas. Pero esto, parece no importar a los que gobiernan. “La felicidad”, como valor humano, no tiene espacio entre sus metas. Por eso, aspirar a un mundo mejor, es una mera ilusión. Nuestros líderes mundiales nunca se podrán de acuerdo para el bien común. De ahí que cada uno de nosotros debiera esforzarse por su propia felicidad y de su familia. En esta circunstancia; porque no hay de otra.

Así que ni modo mi “buen”, a darle duro a la “chamba”, para resolver la parte que nos corresponda para crear ¡un feliz mundo nuevo!

¡Qué mejor deseo para todos nosotros!, Aunque fuera una ilusión; una ensoñación, que de realizarse abarcaría la felicidad del genero humano. Desearnos “Feliz año nuevo”, es casi obligado, pero agradable. Es un ideal. Pero es verdad, a la raza humana le urge un “mundo nuevo”, por que esta “casa común”, la estamos destruyendo y condenando a su desaparición.

El sueño común de todos, sería un planeta que, como hábitat, nos brindara felicidad. Nunca en la historia se ha trabajado en ese sentido. Las guerras y ambiciones de poder y de riqueza, han dominado el panorama de los siglos.

Solo en términos bíblicos se dibujó un paraíso terrenal, que fue malversado por la maldad de la serpiente. En nuestra época se dispone del confort que la tecnología brinda para quienes tienen los recursos. Pero poco se habla de felicidad. Los bienes materiales no la garantizan.

Aceptemos que los Romanos, con su herencia jurídica, y el sueño de la “pax romana”, entregaron a occidente, instituciones como la propiedad, el derecho de familia, el derecho civil, el internacional, la seguridad jurídica, que protegidas por la “fuerza física legitimada”, prohijaron garantías para el poder y la riqueza.

El estado moderno en parte, frenó las guerras “trogloditas”, en que los estados se devoraban unos a otros. Pero no impidió las dos guerras mundiales, ni las que ahora el imperio del norte provoca para los intereses de sus fabricantes de armas que necesitan desechar tecnologías obsoletas y renovar sus “inventarios”, sin importar la desgracia y sufrimiento de los pueblos.

Siempre habrá forma de echarle la culpa a los demás. Guerras que de paso aseguran la extracción de riquezas naturales para seguir engordando los capitales mundiales. Un buen aporte para la infelicidad mundial la dan nuestros vecinos del norte que desde siempre se han adueñando de lo ajeno y para ello se enmascaran como campeones de la libertad, el libre comercio y la democracia y con ese disfraz sojuzgan y aplastan.

Tomando por la fuerza el petróleo, los minerales, la riqueza agrícola y pesquera, y todo lo que represente ganancia y poder. Son ahora un imperio que en el vientre lleva la amenaza de su autodestrucción porque practican la desigualdad económica y social entre los suyos y eso los conducirá a la catástrofe. El capitalismo y su más depredadora expresión que es el neoliberalismo, están caminando a la desaparición. La interminable migración del sur hacia el norte, en el continente americano mueve a profunda reflexión. El pensamiento filosófico, tiene que imaginar y proponer nuevos sistemas, que conjuren los males mundiales en puerta. Otro jinete del apocalipsis de dimensión planetaria es “la clase política”. O sea, los “vividores profesionales de la política”.

Los “líderes políticos” ya no son la solución. Se pelean entre ellos, se matan, roban elecciones, se destituyen unos a otros, se apoderan de la riqueza social, despojan a sus pueblos, no miran por la justicia ni por la felicidad humana. La humanidad, ha producido engendros políticos como Hitler, hasta verdaderas ratas rurales como el que fue ridiculizado en la “ley de Herodes”.

Sinónimo de “político” en nuestro tiempo, lo es de la mentira, la demagogia, la traición, los negocios al amparo del poder y la ambición. Pero, además, el crecimiento poblacional aporta a la desgracia del planeta. Crece sin frenó, las farmacéuticas y quienes en el planeta acaparan alimentos y agua, los ven como inacabable filón de riqueza. No quedó claro si el virus de la pandemia fue de laboratorio o provino de la alterada y enojada naturaleza. Pero la venta de vacunas produjo infinitas e incontables riquezas y de forma permanente, el mercadeo de alimentos y agua, su modificación genética, la industrial producción de carne, las bebidas embotelladas, las comida enlatadas y de supermercado, son la amenaza para el exterminio. Además de ser productoras de cáncer, desnutrición y control social. La población mundial, se está poniendo de “pechito”.

Con su desmenuzado crecimiento que reclama educación, servicios de salud, trabajo vivienda y alimentación. Servicios que el estado de bienestar atendía, el neoliberalismo se los entregó a los negociantes privados. Que la población mundial reclame servicios, para ellos es mina de oro.

Han saqueado la medicina tradicional de los pueblos originarios convirtiéndola en negocio farmacéutico. Otro de los jinetes del apocalipsis, es el trafico a escala planetaria de estupefacientes, que mueven insospechadas fortunas y originan violencia y destrucción de la salud y de la paz social de millones. La lista es interminable.

Las causas de la infelicidad son muchas y muy variadas. Pero esto, parece no importar a los que gobiernan. “La felicidad”, como valor humano, no tiene espacio entre sus metas. Por eso, aspirar a un mundo mejor, es una mera ilusión. Nuestros líderes mundiales nunca se podrán de acuerdo para el bien común. De ahí que cada uno de nosotros debiera esforzarse por su propia felicidad y de su familia. En esta circunstancia; porque no hay de otra.

Así que ni modo mi “buen”, a darle duro a la “chamba”, para resolver la parte que nos corresponda para crear ¡un feliz mundo nuevo!